La  Oración.

 
 

     

La oración del cristiano es un dialogar, con fe en la que Jesucristo nos hace trascender desde nuestra dimensión humana, integrándonos a su familia Divina, nos hace hijos de Dios y por eso podemos hablar directamente con el Padre, con la esperanza que escuche y comprenda, nuestro proceder y nuestros anhelos.

 

Allí nos daremos cuenta de la certeza que Dios, cual Padre Bueno, esta esperando que nosotros lo dejemos entrar en nuestros corazones, dejándolo que gobierne nuestro hacer y entender para que nos lleve a su gloria, pudiendo llegar así a un dialogo profundo donde expresaremos todo nuestro amor ahora potenciado por su Divina intervención.

 

Al decir de Gandhi, la oración es la respiración del alma. Es una presencia a sentir, gustar y amar. Es un dialogo amistoso con Dios y como tal esta hecho de palabras y silencios, para escuchar también que nos quiere decir El, porque muchas veces convertimos nuestra oración en una letanía, repitiéndonos y hablando sin parar y no dejamos que El Señor nos hable diciéndonos cuanto nos quiere.

 

Si logramos el silencio adecuado, podremos despertar a una realidad distinta y trascendente, donde nos daremos cuenta que una cantidad importante de riquezas que pedimos, ya las tenemos, también veremos claro que una cantidad de males de los que pretendemos deshacernos, ya no están con nosotros. Será como aquel que pide un collar valioso lleno de piedras preciosas y no se da cuenta que ya lo tiene colgado al cuello. O también el que vive atemorizado por las serpientes que mira a su alrededor y al serenarse ve que solo son inofensivos palos.   

 

Tengamos en cuenta que nos enfrentamos a un dialogo donde intervendrá todo nuestro ser. Para lograr esto es imprescindible pasar nuestros pensamientos por el corazón, hay que ponerse en estado de oración, tendríamos que hacer una especie de control mental, donde nos desactivaremos de ansiedades, urgencias, dependencias, etc., respiremos profundamente, relajémonos. Debemos ponernos cómodos, para que la postura no sea motivo de distracción. Tampoco tenemos que desanimarnos por las distracciones y ofrecerle las dificultades para que nos indique el camino a seguir y sobre todo debemos abandonarnos a Su Espíritu.

Debemos entregarnos con confianza a la oración, a ese dialogo que nuestro Padre esta deseando y nos espera con todo su amor para darnos el ciento por uno de lo que nosotros aportemos. Si nos ponemos en intima relación con El, tendremos la oportunidad de vaciarnos de todo lo que nos duele o disgusta y decirle al Señor todo lo que queremos, entonces El nos llenara con su presencia empapándonos de su Espíritu, para guiarnos a una vida nueva donde reinen sentimientos de profundo amor sin medida.

 

Solo dialogando profunda y sinceramente con El Señor, nos despertaremos a esa realidad tan nueva como maravillosa y seremos en ese momento mucho más felices, atreviéndome a decir que con certeza ya estaremos disfrutando del cielo prometido, aquí en la tierra. En ese gozo sentiremos la real presencia de ese Dios Amoroso que se hizo cercano, encarnándose, haciéndose humano y que se perpetúa en nosotros sacramentalmente, eucarísticamente y que se manifiesta en nuestra mente, en todo nuestro cuerpo, en nuestro corazón, en definitiva en todo nuestro ser.

 

¡El no es un Dios de muertos, sino de vivientes!. (Mt. 22,33)

 

 

Mónica y Ramón Cruz

MR