EL DIÁLOGO EN LA PAREJA

Si está impregnado de quejas, no es tal diálogo

 
 

Con frecuencia quizá nos descubrimos quejándonos de pequeños rechazos, de faltas de consideración o de descuidos por parte de los otros.

 

    Observamos en nuestro interior ese murmullo, ese lamento, que crece y crece aunque no lo queramos. Y vemos que cuanto más nos refugiamos en él, peor nos sentimos; cuanto más lo analizamos, más razones aparecen para seguir quejándonos; cuanto más profundamente entramos en esas razones, más complicadas se vuelven… estamos definitivamente en una peligrosa espiral.

 

    Es la queja de un corazón que siente que nunca recibe lo que le corresponde. Una queja expresada de mil maneras: “no sé por qué me han hecho eso a mí”, “yo no merecía…”, “yo me vuelco mucho y mira cómo me pagan”, y un largo etcétera que siempre termina creando un fondo de amargura y de decepción.

 

    Hay un enorme y oscuro poder en esa vehemente queja interior. Cada vez que una persona se deja seducir por esas ideas, se enreda un poco más en una espiral de rechazo interminable.

 

    La condena a otros, y la condena a uno mismo, crecen más y más. Se adentra en el laberinto de su propio descontento, se revuelve en su propio lodo, hasta que al final puede sentirse la persona más incomprendida, rechazada y despreciada del mundo.

 

    Además, quejarse es muchas veces contraproducente. Cuando nos lamentamos de algo con la esperanza de inspirar pena y así recibir una satisfacción, el resultado es con frecuencia lo contrario de lo que intentamos conseguir, pues la queja habitual conduce a más rechazo, a más distanciamiento, es agotador convivir con alguien que tiende al victimismo, o que en todo ve desaires o menosprecios, o que espera de los demás -o de la vida en general- lo que de ordinario no se puede exigir. Un alto grado de inmadurez personal y de hipersensibilidad está presente.

 

    La raíz de esa frustración está no pocas veces en que esa persona se ha defraudado a sí misma, y es difícil dar respuesta a sus quejas porque en el fondo lo que está vivo es un autorrechazo.

 

    Una vez que la queja se hace fuerte en alguien -en su interior, o en su actitud exterior-, esa persona pierde la espontaneidad hasta el punto de que la alegría que observa en otros tiende a evocar en ella un sentimiento de tristeza, e incluso de rencor. Es como si se empeñara en no ser feliz y en demostrar a los demás que “no tiene derecho a serlo”.

 

    Ante la alegría de los demás, enseguida empieza a sospechar. Alegría y resentimiento no pueden coexistir: cuando hay resentimiento, la alegría, en vez de invitar a la alegría, origina un mayor rechazo.

 

    Esa actitud de queja es aún más grave cuando va asociada a una referencia constante a la propia virtud, al supuesto propio buen hacer:
“Yo hago esto, y lo otro, y estoy aquí trabajando, preocupándome de aquello, intentando eso otro... y en cambio él, o ella, mientras, se despreocupan, hacen el vago, van a lo suyo, son así o asá..., no comprenden lo que hago por él/ella”…

 

    Como ha escrito Henri J.M. Nouwen, son quejas y susceptibilidades que parecen estar misteriosamente ligadas a elogiables actitudes en uno mismo. Todo un estilo patológico de pensamiento que desespera enormemente a quien lo sufre.

 

    Quejas, susceptibilidades, o sea; inmadurez, baja autoestima, queja, rencor.

 

    Justo en el momento en que quiere hablar o actuar desde la actitud más altruista y más digna, se encuentra atrapado por sentimientos de ira o de rencor que se lo impiden.

 

    Cuanto más desinteresado pretende ser, más se obsesiona en que se valore lo que él hace. Cuanto más se esmera en hacer todo lo posible, más se pregunta porqué los demás no hacen lo mismo que él. Sin darse cuenta de que nadie tiene más allá de un discreto poder sobre lo que hacen los otros, pero sí tiene un gran poder sobre sus propias reacciones, detalle que con frecuencia es olvidado.

 

    Muchos tratan de conseguir su bienestar esforzándose porque quienes les rodean hagan todo lo necesario para ello, pero esa es una pretensión inútil, y en el caso de que se consiguiera, un alto grado de inseguridad se apoderaría inmediatamente de la persona, ya que se preguntará de inmediato: ¿y hasta cuándo me darán lo que necesito? ¿y si dejan de hacerlo?.

 

    Cuando se cae en esa espiral de crítica y de reproche, todo pierde su espontaneidad. El resentimiento bloquea la percepción, manifiesta envidia, se indigna constantemente porque no se le da lo que, según él, merece.

    Todo se convierte en sospechoso, calculado, lleno de segundas intenciones. El más mínimo movimiento reclama un contramovimiento.
El más mínimo comentario debe ser analizado, el gesto más insignificante debe ser evaluado… Una cierta paranoia envolverá su vida.

 

    La vida se convierte en una estrategia de agravios y reivindicaciones. En el fondo de todo aparece constantemente un yo resentido y quejoso.

    ¿Cuál es la solución a esto? Quizá lo mejor sea esforzarse en dar más entrada en uno mismo a la confianza y a la gratitud. Sabemos que gratitud y resentimiento no pueden coexistir.

 

    Pensar más en dar que en recibir, y hacerlo gratuitamente sin esperar nada a cambio. Sentir placer en hacer el bien. Pensar en el otro y en su felicidad como una meta a conseguir a toda costa, en definitiva, hacer la vida fácil al otro, a los otros.

 

    La disciplina de la gratitud es un esfuerzo explícito por recibir con alegría y serenidad lo que nos sucede.

 

    La gratitud implica una elección constante. Puedo elegir ser agradecido aunque mis emociones y sentimientos primarios estén impregnados de dolor. Igual que puedo elegir perdonar, porque es una actitud personal, aunque no pueda olvidar, “porque eso lo harán mis neuronas cuando ellas quieran”. Si bien es verdad, que cuanto más recuerde los agravios recibidos y más vueltas les dé en mi cabeza, más fuertemente grabados estarán en mis circuitos cerebrales.

 

    Es sorprendente la cantidad de veces en que podemos optar por la gratitud en vez de por la queja. Hay un dicho que dice: “Quien no es agradecido en lo poco, tampoco lo será en lo mucho”.

 

    Los pequeños actos de gratitud le hacen a uno agradecido. Sobre todo porque, poco a poco, nos hacen ver que si miramos las cosas con perspectiva, al final nos damos cuenta de que todo resulta ser para bien.

 

    Sin duda hay una clara coherencia entre lo que se siembra y lo que se recoge, y esto, tanto en calidad como en cantidad.

               

       Un abrazo

 

                Nicomedes Naranjo    -   Abril 2007