Sabemos de Quién nos hemos fiado
Salvador Fernández
Con profundo temor pretendo compartir con nuestra Iglesia el dramático episodio que hemos vivido en nuestra familia en estos días, que, además del sufrimiento, nos ha supuesto enriquecernos y madurar como personas, como familia, como cristianos y como Comunidad.
Ese día, el 10 de julio, Dios puso su mano y lo que podía haber sido una tragedia, ha quedado en drama. Un drama muy amargo pero también enriquecedor.
Hemos vivido esa verdad de que nuestras vidas pueden dar un vuelco total en cuestión de segundos, motivo por el cual, diariamente, deberíamos de dar gracias a Dios cuando, al terminar el día comprobamos que “no ha ocurrido nada”. Y, frecuentemente, no lo hacemos. Y sin embargo nuestros medios de comunicación detallan diariamente accidentes que pueden interpelarnos pero que – tal vez inconscientemente – pensamos que eso no nos va a ocurrir a nosotros.
Este drama ha sido un medio para descubrir lo que mi esposa supone para mí y para nuestros hijos, el profundo amor que la tenemos. Amargos momentos que viví pensando lo que sería mi vida sin ella, sin su presencia, sin su cariño. Solo evocarlo me traspasa el alma.
Descubrir lo vital que supone para nuestra vivencia cristiana trabajar en Iglesia, pero en una Iglesia viva, generosa, evangelizadora, convencida del poder de la oración, a la que, ante la imposibilidad de hacerlo personalmente, le damos las gracias desde esta revista.
Pensar que tal vez Dios, al darnos esta Gracia, nos sigue invitando a seguir trabajando en su viña, en su Iglesia, aportando nuestro granito de arena, diminuto, sencillo pero que, unido a otros muchos, somos capaces de formar la playa.
Una playa generosa, acogedora, entregada, ilusionada con el anuncio de la Buena Nueva, del Dios con nosotros, ese Dios que constantemente nos está invitando a trabajar en su Iglesia, de la que formamos parte, sin tener en cuenta la edad ni la raza ni la posición social. Una Iglesia en la que todos, sin excepción, somos necesarios, donde cada uno tenemos un sitio donde trabajar.
Agradecer a todo el personal sanitario de la UVI y de la planta de neumología del Hospital de la Candelaria los cuidados dados a mi esposa, y también a sus capellanes por sus palabras de aliento, y por darle el Sacramento de la Unción de Enfermos y la Eucaristía, que tanto nos confortaron.
Gracias de todo corazón a cuantos nos han tenido presentes.
Una experiencia que creo que jamás olvidaremos, una vivencia llena de luces y sombras, de dolor y de esperanza, que esperamos enriquezca a nuestra familia, nuestra Iglesia doméstica, agradecidos y confortados por saber de Quién nos hemos fiado. |